Las horas se mecen en su fiebre.
Mueren en las alcantarillas,
arrastrándose por desconocidas veredas.
Mueren de pie, de vos.
de piel…
pero mueren.
Caigo en el exilio de la ilegibilidad.
Mis palabras despobladas de sentido,
degolladas
todo yace encapsulado en alguna jaula.
La certeza del seguro,
La seguridad del contento,
Y la fiebre… que no cede como el tiempo…
También.
Tramito permisos literarios,
Cicatrizo despedidas con parches,
de recuerdos imaginarios.
¡Y no abro las ventanas!
Le temo al otoño durmiendo a capricho
Pero más…
a la primavera afilando sus garras.
Entonces, resoplo una y mil veces.
Estudio mis sentidos,
contemplando cada uno de mis dedos
y me pregunto…
¿Por qué en la soledumbre de mi escritura
solo fecundo agonía?
¿serán acaso placeres color prestado?
¿amores de plásticos?
Caligrafía vacilando mórbida
o mis sueños quizá, demasiados…
Yo arropo los gemidos de tus sueños, acunando la pena y el beso menguado. Voy curando las noches de tiempo, de labios resecos sin voz, siempre de vos… pero sin remitente, ni eco.
Voy pactando con la sed, con el ahogo; Y pacto no, por convertirme en recuerdo, ¡Pacto por ser impulso hambriento! el placer en las venas, el inconciente naufragando, o el atrevido zarpazo de un pensamiento.
Lentamente dejo respirarme Palparme… Inhalarme por tu viento, Ser impecable amarillo, la luz extinguiendo el vacío la razón, la decisión perfecta; voy creciendo paso a paso. Y dejando florecer la idea, ¡tu idea! Me voy atando a tu aliento.
Porque no solo arropo los gemidos de tus sueños, también cohabito en el silencio, en el mismo delirio atribulado, en la no palabra, en el deseo y aquí… en este verso inacabado.
“El placer es el bien mas real de esta vida” Federico el grande
Recordando aquella máxima, cansados de vagar por las calles del olvido y agotando los peldaños de la mentira y el engaño, decidieron -sin palabras- regresar por su bien.
Así fueron dejando aquietar el tiempo, conviertiéndose en tierra y cielo.
Juráronse no volver a principios, para no correr el riesgo de encontrar un final…
Se entremezclaron más allá de sus cuerpos, apretados… agitativos y vibrarozados.
Permanecieron en la carcobeante elevancia Y entre etéreos rozamientos, lúbricos y rugifragantes, testamentaron las bases de un nuevo amor.
Se consagraron animales justificados, arrevezados entre amores de ventosas y pasiones de barquillos.
Fecundaron el placer como plagas se devoraron… Y en estimulaciones alborotosas, Se elevaron a otros mundos.
se codearon con las estrellas saludando a las monedas de sus días. Y así, fundiendo antiguas distancias charlaron con la nocturna plateada y el inmenso astro dorado.
Ella, recostó sus labios sobre el, estimulando cada rincón de su ser, delineó a fuego muslos, musgos, hasta llegar a su fiebre.
creó estragos.
desató fragores.
Y demorándose, comenzó una nueva ascensión a un torso casi invertebrado.
El, organizó un camino de bersos, pájaros y vesos sellando sin principio, sin palabras, ni final el nuevo amor.
Sorbió su nombre.
Y sediento, descubrió dos vertientes rebasando néctar, de sus senos.
Vastas y lujuriosas, sus manos especularon, recorriéndose completos caderas, hombros esculpieron detalles para morir en sus pulpas de vino, y en la profundidad más inmensa donde él, intentaba retrasar su virilespermidad.
Dócil y raudos primero; fueron marcando el compás; raudos y dócil, después, tomaron tono.
Y cabalgando al unísono electroerógeno, dejaron caer sus párpados gentiles, para anidar en un pleorgasmo donde constituyeron, y mancillaron, en realidad aquella máxima.
Fue un encuentro sin pausas.
La noche sin pacto,
Y la palabra exacta..
Allí donde recuperaron cada vieja deuda, Intentando inventar… el destino del instante, A costas de aquel viejo amor.
“Detén el tiempo en tus manos Haz esta noche perpetua Para que nunca se vaya de mi Para que nunca amanezca.” El reloj. Cantoral